Werner Herzog recibió el Premio Donostia el 18 de septiembre, durante la apertura del Festival de San Sebastián. El homenaje estuvo acompañado por la proyección de su nueva película, Bucking Fastard. La ceremonia reconoce una trayectoria de décadas, pero la presencia de una obra reciente impide leer el premio como un simple cierre: Herzog continúa filmando.

Según la sinopsis del festival, Bucking Fastard sigue a dos hermanas, Jean y Joan Holbrooke, unidas hasta hablar al unísono, amar al mismo hombre y compartir sueños. Rooney y Kate Mara las interpretan. La película muestra también cómo reaccionan ante ellas los tribunales, la prensa y quienes intentan ayudarlas o aprovecharse de su singularidad. Esa presentación basta para reconocer un interés persistente en Herzog: personas cuya relación con el mundo no se ajusta fácilmente a sus normas. No basta, en cambio, para juzgar una película que aquí no pretendemos reseñar sin haberla visto.

La escala de los deseos

En Aguirre, la cólera de Dios, una expedición se interna en un paisaje que va deshaciendo sus certezas. En Fitzcarraldo, un hombre quiere llevar la ópera a la selva y mover un barco por tierra para financiar ese sueño. Son relatos de obstinación, pero reducirlos al retrato de hombres empeñados en conseguir lo imposible dejaría afuera su ambigüedad. La voluntad de los personajes puede fascinar y, a la vez, arrastrar a otros hacia un proyecto que no eligieron.

Herzog ha encontrado una forma de sostener esa incomodidad. Sus paisajes poseen una presencia que resiste las explicaciones de los protagonistas; sus cuerpos parecen medir la distancia entre la idea y el esfuerzo necesario para realizarla. En Fitzcarraldo, el barco tiene un peso que ninguna metáfora logra borrar. La película permite sentir la belleza del sueño sin pedir que se ignoren sus costos.

Mirar a quien mira

El mismo impulso recorre parte de sus documentales. Grizzly Man observa la vida y las imágenes de Timothy Treadwell sin reducirlo a una sola explicación. La cueva de los sueños olvidados se acerca a pinturas hechas miles de años atrás y pregunta qué puede decir una cámara contemporánea frente a ellas. Una obra trata de una relación extrema con animales salvajes; la otra, de imágenes remotas. Ambas dependen de la atención de Herzog hacia personas o huellas que no caben enteras en un relato tranquilizador.

Su cine también ha alimentado una leyenda sobre el director capaz de perseguir cualquier imagen. La leyenda puede volverse demasiado cómoda: convierte las dificultades del trabajo colectivo en atributos de un solo hombre. Volver a las películas permite una lectura más rica. En ellas, cada visión tropieza con materiales, territorios y vidas que no controla por completo.

San Sebastián premió esa trayectoria mientras proyectaba Bucking Fastard. El gesto invita a mirar hacia atrás, pero también a esperar una nueva película sin suponer que repetirá una fórmula. A Herzog se lo puede reconocer por sus obsesiones; lo incierto sigue siendo lo que hará con ellas en el próximo plano.