Una retrospectiva de Leos Carax permite recordar que una película puede ser una experiencia difícil de anticipar. El FIC.UBA dedica un homenaje al director francés con cinco títulos: Boy Meets Girl (1984), Mala sangre (1986), Los amantes del Pont-Neuf (1991), Holy Motors (2012) y C’est pas moi (2024). La selección reúne cuarenta años de una obra que cambia de escala y de materiales sin abandonar su gusto por el riesgo.

El recorrido no incluye todos sus largometrajes: quedan fuera Pola X y Annette. Por eso conviene pensarlo como una puerta de entrada y una conversación entre películas, antes que como un inventario definitivo. Las distancias entre los títulos también importan. Carax no ha construido su trayectoria mediante una producción regular; sus regresos tienden a traer nuevas preguntas acerca de lo que una imagen puede hacer.

En Boy Meets Girl, el blanco y negro, la noche y la soledad dan forma a un mundo de encuentros frágiles. La juventud no aparece como una reserva de optimismo. Es una condición de intensidad y desorientación: los personajes buscan algo que todavía no saben nombrar. Denis Lavant aporta una presencia cuya energía puede ser inquieta incluso en el silencio. La ciudad participa de ese estado, como si sus recorridos fueran también tentativas de encontrar una forma de vida.

Mala sangre amplía la escala y trabaja con el color, el artificio y las convenciones del relato criminal. Su romanticismo está atravesado por una corporalidad eléctrica. La célebre carrera de Lavant al ritmo de David Bowie concentra una manera de pensar el cine: la música no acompaña simplemente una emoción, sino que la vuelve movimiento, respiración y espacio. La escena desborda lo que sería necesario para hacer avanzar la intriga, y en ese exceso encuentra su potencia.

En Los amantes del Pont-Neuf, Lavant y Juliette Binoche construyen una relación que oscila entre el impulso amoroso y la posesión. París ofrece una escala monumental a personajes que viven en sus márgenes. La belleza del espectáculo no borra la violencia del vínculo, y el entusiasmo físico de la puesta convive con una herida. Carax transforma el melodrama sin pedirle que renuncie a su intensidad, pero tampoco convierte esa intensidad en una absolución moral.

Holy Motors lleva la mutación al centro de su estructura. El señor Oscar recorre París en una limusina y pasa de un personaje a otro, de un cuerpo a otro, de una situación a la siguiente. Cada episodio parece convocar un cine posible y despedirlo casi enseguida. La película puede leerse como una reflexión sobre actuar cuando ya no se reconoce con claridad quién mira ni dónde está la cámara. Su melancolía no cancela la alegría de inventar.

Lo decisivo es que esas transformaciones no permanecen en el plano de las ideas. Lavant las ejecuta con una precisión física que hace de la interpretación una materia visible. La ficción tiene peso, cansancio, torpeza y elasticidad. Allí aparece una continuidad con las primeras películas: para Carax, el pensamiento cinematográfico pasa por cuerpos que hacen algo, se exponen y alteran el espacio.

C’est pas moi desplaza la pregunta hacia la propia historia de las imágenes. El autorretrato adopta la forma de un ensayo de montaje: fragmentos, recuerdos y asociaciones impiden que la identidad del cineasta se vuelva una narración ordenada. La referencia a la tradición ensayística de Godard permite pensar una filiación, pero el interés del film está en cómo Carax convierte el archivo en una interrogación personal y política.

Ver estas películas en conjunto tampoco exige celebrarlo todo sin reservas. Su romanticismo puede tensarse hasta el encierro, su afición por el exceso puede resultar incómoda y sus imágenes no siempre buscan una relación amable con quien las mira. Esa incomodidad forma parte del encuentro crítico. Una retrospectiva vale cuando devuelve las obras a la discusión y permite descubrir diferencias incluso dentro de aquello que admiramos.

El homenaje resulta oportuno en un presente donde tantos proyectos deben explicar por anticipado su género, su público y su atractivo. Carax recuerda que el cine también puede encontrar su sentido durante una exploración que no cabe del todo en una descripción comercial. La sala da a esa exploración un tiempo compartido: la posibilidad de permanecer frente a algo que todavía no se ha aprendido a reconocer.