Mariana Enriquez convirtió el fantasma en una presencia incómoda de la vida diaria. En sus relatos, lo sobrenatural no llega para reemplazar los conflictos del mundo: convive con la pobreza, los cuerpos heridos, la violencia y las historias que nadie quiere escuchar. Esa escritura es el origen de Mis muertos tristes, adaptación dirigida por Pablo Larraín que compitió en San Sebastián.
La obra presentada en el festival como largometraje de 187 minutos llegará a Netflix el 24 de septiembre como miniserie de cuatro episodios. Mercedes Morán interpreta a Ema, una médica jubilada que ve a los muertos. La llegada de su sobrina Julie y el asesinato de tres adolescentes alteran el barrio y vuelven compartida una experiencia que Ema había intentado mantener bajo control.
Más de un cuento en una sola historia
No se trata de llevar a la pantalla un relato de manera aislada. El proyecto toma el cuento que le da título e incorpora materiales de «Julie», «Un lugar soleado para gente sombría» y «Cuando hablábamos con los muertos». Enriquez participó en la adaptación junto con Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Larraín. Esa construcción reúne personajes y motivos de textos distintos alrededor de una nueva narración.
En libros como Las cosas que perdimos en el fuego, Nuestra parte de noche y Un lugar soleado para gente sombría, Enriquez ensaya varias formas de hacer que lo terrible hable de un presente reconocible. Sus escenarios tienen una geografía material: casas, barrios, instituciones y periferias. El horror no borra ese suelo; lo vuelve difícil de ignorar.
La cuestión de la adaptación es, entonces, cómo trasladar una sensibilidad antes que una sucesión de acontecimientos. Netflix recoge una idea de la escritora: los fantasmas pueden leerse como una memoria ligada a la injusticia, algo que vuelve porque no fue resuelto. Habrá que ver cómo la puesta de Larraín trabaja esa pregunta. Por ahora, San Sebastián ofrece la ocasión de volver a la autora que la formuló.
