Un festival se anuncia siempre mediante nombres. La 74ª edición de San Sebastián, que se desarrolla del 18 al 26 de septiembre, reúne en su Sección Oficial a cineastas como Mike Leigh, Pablo Larraín, Nicole Garcia y Fatih Akin. También presenta óperas primas. Antes de que la conversación se reduzca a favoritos y premios, vale la pena detenerse en esa convivencia: una programación que pone en una misma pantalla trayectorias asentadas y miradas recién llegadas.
El cine argentino participa en la competencia con Glaxo, de Benjamín Naishtat. Su presencia importa por sí misma, y también por las preguntas que trae: cómo circulan las películas hechas en el país, con qué imágenes llegan al exterior y qué diálogo establecen con cinematografías de otros lugares. Son preguntas para sostener durante el festival, no respuestas que puedan anticiparse en una nómina de títulos.
La programación como hipótesis
La organización anunció 263 títulos procedentes de 47 países en el conjunto de la edición. La cifra habla de escala, pero no dice cuáles de esas películas permanecerán en la memoria de quienes las vean. Un festival es interesante precisamente porque sus jerarquías todavía están en disputa. Una ópera prima puede desplazar del centro a un nombre célebre; un film esperado puede resultar menos fértil que otro al que nadie había prestado atención.
En esa incertidumbre aparece una tarea para la crítica. Seguir una programación no consiste sólo en administrar estrenos o reproducir sinopsis. Implica mirar cómo una película resuelve el tiempo, qué lugar da a sus actores, qué muestra de una ciudad y qué deja fuera de cuadro. Y, cuando sea necesario, revisar las expectativas con las que se entró a la sala.
San Sebastián sigue ofreciendo una escena para ese ejercicio. Por ahora, esta nota mira su programa y sus posibilidades. Las películas pedirán, cada una, su propia lectura cuando hayan pasado por la pantalla.