Mar del Plata recibirá en noviembre una retrospectiva de Andrzej Wajda, en el centenario de su nacimiento. El ciclo anunciado para Mar del Plata Classics reúne cuatro películas: Los brujos inocentes, La tierra de la gran promesa, El director de orquesta y Katyn. El Instituto Adam Mickiewicz sitúa las actividades entre el 9 y el 11 de noviembre de 2026 y anuncia una conferencia del investigador Michał Oleszczyk. La selección permite recorrer una obra de más de medio siglo sin reducirla a su costado más conocido, el de los grandes dramas históricos.

Una generación frente a las ruinas
Nacido en 1926, Wajda estudió pintura en Cracovia y luego cine en Łódź. Esa formación visual se advierte en su manera de organizar los cuerpos y los objetos dentro del plano, pero su filmografía comenzó con una pregunta que excedía la composición: ¿cómo narrar una guerra que había marcado a todos y sobre la que no existía un recuerdo unánime? Una generación (1955), Canal (1957) y Cenizas y diamantes (1958) forman un recorrido decisivo del cine polaco de posguerra. En la segunda, los combatientes de la resistencia atraviesan las alcantarillas de Varsovia; en la tercera, la victoria sobre el nazismo abre una nueva disputa moral y política. Sus personajes deben actuar cuando ninguna decisión llega limpia.
El rostro de Zbigniew Cybulski en Cenizas y diamantes dejó una figura del joven desgarrado entre la historia colectiva y su propia vida. Wajda no presentó a la resistencia como un monumento uniforme: le dio miedo, deseo, cansancio y contradicciones. En esa tensión, entre el impulso épico y la fragilidad de cada individuo, encontró una forma de filmar que volvería con distintas épocas y protagonistas.
Jazz, industria y literatura
La retrospectiva marplatense abre con una posibilidad menos solemne: Los brujos inocentes (1960) mira a los jóvenes de la Varsovia contemporánea, la seducción, el jazz y el juego de protegerse de los sentimientos. La película desplaza la atención del combate a los códigos de una generación que intenta vivir después de él. Es una puerta de entrada útil para descubrir que el autor de Canal también podía observar silencios, habitaciones y gestos cotidianos.
Wajda encontró en la literatura un laboratorio permanente. Llevó a la pantalla La boda, de Stanisław Wyspiański, Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz, y Pan Tadeusz, de Adam Mickiewicz. En La tierra de la gran promesa, adaptación de la novela de Władysław Reymont incluida en este homenaje, la Łódź industrial crece a costa de quienes la habitan. Las fábricas, la riqueza en formación y la competencia entre empresarios trazan un retrato feroz de la modernización. La historia nacional aparece allí a través del capital, el trabajo y la desigualdad, no solamente de los campos de batalla.
Los trabajadores y las versiones oficiales
En El hombre de mármol (1977), una joven realizadora investiga la vida de un obrero convertido en héroe de la propaganda estatal. La búsqueda pone en conflicto los archivos, los testimonios y la imagen que una institución quiso fijar. El hombre de hierro (1981) retoma ese universo en el contexto del movimiento sindical Solidaridad; obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Son películas que interrogan quién cuenta la historia y qué se pierde cuando el poder impone una sola versión de los hechos.
La actividad de Wajda también pasó por el teatro. Dirigió montajes durante décadas y exploró en escena las tensiones entre los personajes, los textos y la época que los recibía. Más tarde participó de la vida pública polaca como senador tras el cambio político de 1989. Su cine, sin embargo, no puede leerse como la simple traducción de un programa: Danton (1983) sitúa los mecanismos de la revolución y el poder en la Francia del Terror, mientras El director de orquesta (1980), otra de las elegidas para Mar del Plata, desplaza el conflicto al mundo de la música y a los vínculos entre creación, autoridad y ambición.

La memoria que tarda en poder decirse
Katyn (2007), también programada, vuelve sobre la masacre de oficiales polacos perpetrada por la Unión Soviética en 1940 y sobre décadas de silencio y falsificación. La película acerca la tragedia a las familias que esperan noticias y deben convivir con una verdad negada. En el último tramo de su obra, Wajda siguió preguntándose cómo una sociedad mira aquello que se le había ordenado olvidar. Afterimage (2016), su largometraje final, se centra en el pintor Władysław Strzemiński y en la persecución institucional de una mirada artística independiente.
En 2000 recibió un Oscar honorífico por su trayectoria. Los premios describen su influencia, aunque dicen menos sobre lo que una función puede producir hoy: espectadores que se encuentran con películas hechas en circunstancias precisas y reconocen en ellas conflictos todavía abiertos. Ver juntas cuatro obras tan distintas permite percibir que Wajda volvió una y otra vez al problema de las imágenes públicas: el héroe, el artista, el trabajador, la nación. También permite ver todo lo que hizo para que esas imágenes nunca fueran suficientes.