Una palabra que convierte muertos en una variable de cálculo: NAZA. Así se denomina, según la investigación que reconstruye el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, una estimación de civiles que podrían morir en un ataque aéreo. El título concentra la operación que la película se propone interrumpir. Detrás de la cifra hay personas; detrás de cada decisión presentada como técnica hay una cadena de responsabilidades. NAZA fue estrenada en la competencia de Venecia el 10 de septiembre, obtuvo el Premio Especial del Jurado y ahora integra la sección Perlak del Festival de San Sebastián.

Escuchar a quienes participaron
Abraham y Szor reunieron testimonios de 24 integrantes o exintegrantes de unidades militares y de inteligencia israelíes. Hablan bajo anonimato, con el rostro oculto o alterado y la voz protegida. Describen el uso de sistemas de vigilancia y herramientas de inteligencia artificial para seleccionar objetivos, así como decisiones tomadas con conocimiento de la presencia de familias y niños en edificios que iban a ser bombardeados. Son declaraciones contenidas en la investigación del film; el ejército israelí rechaza sus acusaciones y cuestiona que procedan de fuentes anónimas. La anonimidad protege a quienes hablan y también obliga a preguntarse cómo se corrobora cada testimonio. La fuerza periodística de la película se sostiene en ese examen, no en pedir al espectador un acto de fe.
Lo que surge de esas voces va más allá de la escena de un superior que da una orden y alguien que la ejecuta. Aparecen analistas de datos, sistemas que cruzan señales telefónicas, categorías que clasifican vidas y decisiones sobre cuántas muertes civiles pueden considerarse admisibles. Los directores desplazan el foco desde la imagen habitual de la explosión hacia las oficinas, los cálculos y el lenguaje previo al ataque. Esa elección formal permite comprender cómo la violencia puede distribuirse entre muchas tareas pequeñas hasta que nadie parezca dispuesto a asumir el conjunto.
Una ciudad a la vista, otra fuera del encuadre
Las entrevistas fueron filmadas por la noche en azoteas de Tel Aviv. Los edificios iluminados permanecen al fondo mientras las personas describen lo que ocurre en Gaza. Esa distancia física y visual es una de las ideas más perturbadoras del proyecto: la vida cotidiana continúa a pocos kilómetros de una devastación que algunos de sus habitantes conocen desde dentro del aparato que la produce. La oscuridad protege a las fuentes, pero también da forma al contraste entre lo que una ciudad ve y lo que puede elegir no mirar.
El documental incluye imágenes del daño en Gaza, aunque su estructura se organiza alrededor de quienes explican los mecanismos de los ataques. No sustituye la voz palestina ni debería pretender hacerlo. Su aporte particular es poner en evidencia, a través de personas vinculadas con el ejército israelí, procedimientos y decisiones que han contribuido a la muerte masiva de civiles palestinos. Es una perspectiva limitada por el lugar desde el que se construye; dentro de ese límite reside también su capacidad de confrontar la versión oficial con testimonios surgidos del propio sistema.

Del periodismo a la sala
La película fue producida por el periódico británico The Guardian junto a JW Films, con Jonathan Glazer como productor ejecutivo. Retoma investigaciones publicadas en los últimos años por The Guardian, +972 Magazine y Local Call. Abraham y Szor ya habían codirigido, junto con los cineastas palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal, No Other Land, sobre el despojo de comunidades palestinas en Cisjordania. Allí la proximidad de la cámara a quienes resistían era central. En NAZA, la decisión es casi inversa: acercarse a quienes trabajaron en la maquinaria de los ataques, escuchar sus explicaciones y someter su vocabulario a escrutinio.
La recepción en Venecia fue extraordinaria: el documental obtuvo el Premio Especial del Jurado y, según su productor, fue despedido con una prolongada ovación. Peter Bradshaw, crítico de The Guardian, destacó la luz que arrojan las entrevistas sobre las muertes de civiles, aunque señaló que el anonimato reduce parte del impacto de los testimonios. Es una observación atendible que no anula el valor del proyecto. El riesgo para las fuentes existe; el trabajo de quien investiga consiste en protegerlas sin renunciar a establecer hechos verificables. La discusión sobre su método forma parte de lo que la película pone en circulación.
La importancia de que circule
Después de Venecia, la presentación en San Sebastián dio a NAZA otro espacio de discusión pública. Los realizadores enfrentaron amenazas y pedidos políticos de retirarles la ciudadanía israelí. Esa reacción no demuestra, por sí misma, que cada alegación de la película sea cierta; sí deja ver la presión que puede caer sobre quienes investigan la conducta del ejército. El documental reclama ser examinado, debatido y contrastado. Esa posibilidad se debilita cuando el primer impulso es descalificar a sus autores.
La producción anunció una circulación en salas de numerosos países y una exhibición gratuita posterior en la web de The Guardian, prevista para fines de noviembre. Por ahora no hay en las fuentes consultadas una fecha confirmada para salas argentinas. La amplitud de ese recorrido importa: los festivales ofrecen visibilidad y discusión, pero las denuncias que reúne la película necesitan públicos más allá de una premiere.
Lo más valioso de NAZA es la pregunta que instala con una forma cinematográfica precisa. ¿Qué ocurre cuando una institución dispone de medios para calcular la muerte de civiles y encuentra palabras capaces de volverla administrable? Abraham y Szor no dejan que el lenguaje técnico sea el final de la explicación. Su película insiste en seguir cada dato hasta aquello que pretende esconder: vidas palestinas destruidas, decisiones humanas y la responsabilidad de quienes pudieron conocer sus consecuencias.