Hay películas que agradecen una segunda oportunidad en la cartelera de la ciudad donde nacieron. Romeo y Ofelia vuelve al Cine El Cairo entre el jueves 1 y el domingo 4 de octubre. Para quienes se la perdieron en el estreno, es la ocasión de encontrarse con una obra concebida alrededor de la presencia de sus intérpretes, el movimiento de cámara y un espacio rosarino que participa de la ficción. No pide familiaridad previa con Shakespeare: utiliza sus tragedias como materia viva para contar una disputa reconocible por el poder.

Romeo regresa tras el asesinato de su padre. Mientras descubre la trama que sostiene a quienes lo sucedieron, conoce a Ofelia, hija del sector enfrentado a su familia. Hamlet y Romeo y Julieta se cruzan en una ciudad de hinchadas, pactos y negocios. La mezcla no se limita a trasladar nombres célebres a Rosario: hace visible hasta qué punto los personajes actúan un papel en público, incluso cuando deciden la vida de otros.

Guillermo Pfening en una escena de Romeo y Ofelia
Guillermo Pfening en Romeo y Ofelia. Foto facilitada por la producción.

Un riesgo que se sostiene en los actores

La puesta avanza mediante tomas largas y una coreografía de entradas, salidas y encuentros que exige precisión sin apagar la energía de los cuerpos. La cámara acompaña los cambios de situación y permite que una conversación se transforme, ante nuestros ojos, en amenaza o traición. Ese procedimiento ofrece algo difícil de reemplazar por una pantalla doméstica: la sensación de compartir el tiempo con los personajes y de no poder apartarse cuando el conflicto se precipita.

Manuel Melgar y Camila Viale le dan a Romeo y Ofelia un centro afectivo entre fuerzas que los exceden. Guillermo Pfening y Antonella Costa aportan peso a las figuras que disputan el poder; Claudia Cantero y Juan Nemirovsky se integran a un conjunto que debe mantener la tensión mientras la cámara circula. El resultado invita a mirar no solo qué sucede, sino cómo cada intérprete ocupa el espacio y modifica a los demás.

La recepción crítica ayuda a medir la singularidad de la propuesta sin convertir la recomendación en una colección de elogios. Jorge Bernárdez, en Reencuadre, destacó la originalidad de la puesta y el modo en que la cámara y la música hacen fluir la narración. Ricardo De Luca, en Cine Argentino Hoy, puso el acento en el dispositivo de los planos extensos y en la tensión que organiza. Página/12 observó el cruce de tragedias clásicas con dos familias enfrentadas por negocios turbios. Son miradas distintas sobre una película que consiguió abrir conversación más allá de su estreno.

El equipo y los intérpretes durante el rodaje de Romeo y Ofelia
Una pausa durante el rodaje. Foto facilitada por la producción.

La juventud como decisión de puesta

A casi tres décadas de El asadito, y con más de treinta películas en su trayectoria, Postiglione sigue eligiendo formas que pueden fallar y que por eso mismo conservan una urgencia particular. No hay aquí una repetición nostálgica de un gesto juvenil: hay una decisión presente de complicarse el trabajo, de hacer que texto, actores, espacio y cámara se necesiten mutuamente. En una entrevista con Tiempo Argentino, el director asoció esa exploración con la libertad de aceptar la imperfección. La vitalidad de Romeo y Ofelia nace de esa búsqueda.

Por eso vale la pena ir a verla en El Cairo. Es una película que arriesga en su forma, reúne actuaciones fuertes y se permite pensar Rosario desde la ficción sin encerrarla en una postal. Su regreso a la cartelera permite que la ciudad vuelva a discutirla frente a la pantalla para la que fue hecha.